Leonard Cohen cumplió 80
años y estrena disco.Pasó temporadas en
hoteles y en los bares que los rodeaban, en donde cultivó la bohemia. Vivió en
la isla de Hidra (Grecia), en una casita sin electricidad, teléfono ni agua,
pero con su Olivetti, rodeado de un paisaje que resultaba paradójico para un
señor que desborda oscuridad. Sufrió la depresión y los fármacos que la
aplacan. Un día se hartó de las giras y se fue un par de años a un monasterio
zen, de esos que están en lo alto de una montaña, en los que los discípulos se
visten con túnicas como buenos monjes budistas y sus espíritus son guiados por
un maestro oriental de nombre impronunciable. En cualquiera de esos lugares
escribió novelas, poemas y más poemas, y compuso más de una centena de
canciones. Semejante historial daba para que Leonard Cohen estuviera retirado,
contemplando sus infinitos reconocimientos, pero nada más ficticio: acaba de
cumplir 80 años y lo festeja con álbum nuevo.
Alejado completamente del
estereotipo que rodea al poeta oscuro y depresivo, Leonard Cohen nació el 21 de
setiembre de 1934 en Westmount, un barrio acomodado de Montreal (Canadá),
proveniente de una próspera familia judía -su padre tenía un negocio de ropa de
calidad que era conocido por sus trajes de etiqueta- a la que no le faltaba una
niñera, una criada y un jardinero que también hacía de chofer.
Cuando tenía nueve años
murió su padre, y se convirtió en el hombre de la casa, ya que vivía con su
madre y su hermana. En la pubertad empezó a salir por las noches y a vagar por
las calles más sórdidas de Montreal. Se aficionó a la escritura; al principio
trataba de imitar a los poetas ingleses que había estudiado en la escuela, pero
a los 15 años, mientras revisaba libros usados en una tienda, se produjo un
giro copernicano: encontró un libro de poemas traducidos de Federico García
Lorca; uno en especial le impactó: “Gacela del mercado matutino” (aquel que
empieza: “Por el arco de Elvira / quiero verte pasar. / Para saber tu nombre /
y ponerme a llorar”). La pluma del poeta español se clavó tan profundo en el
corazón de Leonard que, años más tarde, a su hija la llamaría Lorca.
El destino quiso que otro
español lo marcara a fuego. Pero esta vez se trató de un desconocido. Cohen
había comprado una guitarra española por 12 dólares y la llevaba a los
campamentos de verano de la comunicad judía en los que era guía, donde aprendió
a tocar con un cancionero de temas socialistas que tenían letras que le
emocionaban (según le contó a su biógrafa, Sylvie Simmons, en Soy tu hombre: la
vida de Leonard Cohen). Su forma de tocar era convencional, pero un día se topó
en una plaza con un español que le enseñó una progresión de acordes flamenca,
que al igual que la poesía de Lorca, le cambió su rumbo. “Aquellos seis
acordes, aquella pauta de guitarra, han constituido la base de todas mis
canciones y de toda mi música”, declararía Cohen, décadas después, cuando le
entregaron el premio Príncipe de Asturias.
Se formó un bardo
Estudió letras en la
Universidad de McGill (Montreal), pero, según Leonard, leía, bebía, tocaba
música y se ausentaba de todas las clases que podía. Aunque, como sucede con
Tom Waits, nunca se sabe cuánto de lo que dice es verdad o si se trata de
picarescas anécdotas para construir su personaje. De cualquier manera, es
seguro que hacía rato que había empezado a escribir poemas, y la primera
colección de ellos se editó en 1956, bajo el título Comparemos mitologías. Por
sus páginas se desparramaban los tópicos que serían comunes en el arte de Cohen
(religión, sexo, amor, muerte, el Holocausto, y todo eso junto), con un estilo
que va al hueso, de forma aguda, afilada y siempre con un halo de oscuridad
irresistible.
Basta con leer un par de
líneas de algunos de sus poemas para reconocer su estilo. Como “Amantes”, en el
que un hombre expresa su deseo a una mujer que está por entrar en la hoguera
(“Y ya en el propio horno, / al ir creciendo las llamas, / él intentó besar sus
pechos llameantes / mientras ella ardía en el fuego), o “Para Wilf y su casa”,
en el que describe el hecho más famoso de Occidente con bella frialdad: “Cuando
era joven los cristianos me contaron / cómo clavamos a Jesús / como a una
adorable mariposa contra la madera. / Y yo sollocé junto a cuadros del Calvario
/ ante aterciopeladas heridas / y delicados pies retorcidos”.
Luego de la edición de su
primer libro, fue a estudiar a la Universidad de Columbia, en Nueva York, en
donde empezó a sentir los primeros abrazos de la depresión, que después
describiría: “Lo que yo entiendo por depresión no es sólo melancolía, no es
sólo como una resaca del fin de semana, o cuando la chica no se presenta o algo
así. Es una especie de violencia mental que de repente te impide funcionar
correctamente”. Quizá por eso estuvo sólo un año en Columbia. En 1957 volvió a
Montreal, donde trabajó en la fundición de su tío y luego en la empresa de su
difunto padre, actividad que no le gustaba para nada.
Accedió a una subvención
del Consejo Canadiense para las Artes y así arrancaron más viajes: primero a
Londres y luego a Hidra, donde compró una casita. Allí conoció a una de las
mujeres más importantes de su vida: la noruega Marianne Jensen (que inspiraría
la canción “So long, Marianne”). Brotaron los libros de poesía, como La caja de
especias de la tierra (1961) y Flores para Hitler (1964), y las novelas: El
juego favorito (1963) y Hermosos perdedores (1966). Pero Leonard, ya
treintañero, estaba lejos de poder vivir de su obra, así que pasó varios
períodos viajando a Montreal para conseguir dinero, ya fuera de una subvención
o de algún trabajo. Canciones de amor y odio
Sus libros no se vendían
mucho, así que Leonard tenía que ponerse las pilas para ganarse la vida. Se le
ocurrió que podía hacer algo con la guitarra, ya que pasaba tocando y cantando.
Volvió a Nueva York y se quedó en un hotel de mala muerte -tiempo después
viviría en el mítico hotel Chelsea-. Trilló la noche y las cavernas retumbantes
de música. Se codeó con Lou Reed, Andy Warhol, Nico (musa de varias de sus
canciones) y la cantante folk Judy Collins, quien grabaría la primera canción
de Leonard: “Suzanne”. A mediados de 1967 Leonard logró firmar un contrato con
una de las discográficas más grandes de Estados Unidos: Columbia. Pero el
director ejecutivo de la empresa no estaba convencido: “¿Un poeta de 32 años?
¿Se volvió loco?”, le espetó al responsable de la contratación.
Songs of Leonard Cohen se
lanzó a fines de 1967 y fue el puntapié inicial de una colección soberbia de
discos: Songs from a Room (1969), Songs of Love and Hate (1971) y New Skin for
the Old Ceremony (1974), que conforman un catálogo de folk minimalista distinto
de los de cualquiera de los músicos del género que andaban por la vuelta. Con
el estilo de su pluma, la sinceridad de su voz adulta y la autoridad de su
guitarra, Cohen formó un combo único; incluso hasta para interpretar temas de
otros autores, como lo demuestra su impresionante versión de la canción de
resistencia “The Partisan”.
Songs of Love and Hate es
el más oscuro de sus primeros cuatro discos y quizá el mejor. Contiene
verdaderas gemas como “Avalanche” (con su trepidante arpegio, las amenazantes
cuerdas y el siniestro personaje del jorobado), “Famous Blue Raincoat” (una de
las melodías vocales más hermosas de Cohen) y “Joan of Arc” (que relata el
“noviazgo” de Juana de Arco con el fuego, junto con el melancólico coro “la la
la”).
Luego del período folk
hubo tiempo para la confusión con Death of a Ladies’ Man (1977). Un disco
producido y mezclado casi de manera dictatorial por el extravagante Phil
Spector, quien también fue coautor de los temas -se encargó de la música-. La
voz de Leonard es un ladrillo más en el famoso “muro de sonido” de Spector. Aun
así el disco tiene grandes canciones, como “Memories” y la sugestiva “Don’t Go
Home with Your Hard-On”. Pero están tan lejos del folk como la personalidad de
Cohen de la de Spector.
Al principio de la década
del 80 Leonard compró un tecladito Casio, de esos de dos octavas que parecen de
juguete. Este simple hecho cambiaría toda la música que haría después. Empezó a
componer con el teclado en vez de con la guitarra, y así les abrió paso a los sintetizadores.
Además, modernizó su sonido sumándole la omnipresencia de coros femeninos que
hacen un genial contrapunto con su voz, que de veterano se le tornó más grave y
profunda -“cien mil cigarrillos más profunda”, al decir de Cohen-. “Dance Me to
the End of Love”, “The Law” y el archiversionado “Hallelujah” son grandes
ejemplos de su nuevo estilo, incluidas en Various Positions (1984). Ya no había
folk, pero vaya si había letras.
Esta segunda etapa, que
se aleja del minimalismo acústico para llegar a un sonido más de banda, quizá
muestra su esplendor en I’m Your Man (1988), con canciones de distintos colores
rítmicos -incluso pegadizas-, como la amenazadora “First We Take Manhattan” (de
ribetes discotequeros), la resignada “Ain’t No Cure For Love” (“Los doctores
trabajando día y noche, / pero nunca encontrarán la cura para el amor”), la
“amorosa” “I’m Your Man” y la pesimista “Everybody Knows”.
Pasaron más libros y
discos que es imposible mencionar en una sola página; y dos años después del
excelente Old Idea (2012), Cohen acaba de editar Popular Problems, que
demuestra que 80 es sólo un número en su cédula. Porque el bardo canadiense
volvió con todo. Con su típico susurro cascado Leonard les canta a los sombríos
temas de siempre, como la guerra, en el primer corte del disco, “Almost Like
The Blues”; y sigue acompañado de cautivantes coros femeninos (“Slow”) y de
adictivos ritmos (“Nevermind”), en lo que este humilde periodista se anima a
decir que será uno de los discos del año, y del que la crítica ha señalado en
particular lo renovado y entusiasta que suena no sólo para un compositor que ha
llegado a las cuatro décadas, sino también en comparación con artistas mucho
más jóvenes pero que evidentemente no tienen nada que decir.
Para finalizar, nada mejor
que un fragmento de uno de los últimos poemas de Cohen (“Títulos”), que lo
pinta de cuerpo entero: “Tenía el título de Poeta / y quizá lo fuera / por un
tiempo. / También el título de Cantante / me fue concedido amablemente, /
aunque / a duras penas podía afinar. […] Mi reputación / de Mujeriego era un
chiste / que me hizo reír con amargura / las diez mil noches / que pasé solo”.
¿Qué hay de nuevo, viejo?
22/Sep/2014
La Diaria, Ignacio Martínez